Del 25 de septiembre al 23 de octubre
Lugar: Sala MDD
Entrada libre. Horario de 11 a 21 horas. Sábados, domingos y festivos cerrado.

El artista italiano Attilio Manzi (Bolzano, 1967), que reside en la actualidad en Sevilla donde es profesor de la Facultad de Filología, cursó sus estudios en Bolonia. Pronto se traslada a España, donde comienza a exponer su obra en galerías españolas y en diferentes países como Alemania, Italia o Austria. Attilio pertenece al colectivo internacional de pintores Armida.

Su obra se mueve en la dualidad porque sus soportes de tosca tela militar están destinados a acoger en su superficie imágenes de carácter lúdico. Se plantea ese espacio como un idílico lugar en el que colocar elementos abstractos y poéticos que dictaminen el juego de los colores y las formas, los sueños irracionales que transforman la línea y sus amplios cromatismos en sensaciones que contagian tanto al ojo, como a la mano o al corazón.

En la trayectoria del creador trasalpino, hay que reconocer su interesante manejo del collage que en ocasiones recuerda los grafitis. Los símbolos parecen sustituir a las palabras que, sin aparecer, no olvidan unas propuestas de valores sintácticos y construcciones semánticas de las que se desprende una señalada y constante presencia del niño que todos los adultos llevamos incorporados en lo más profundo de la piel.

La expresividad de Manzi combina esencialmente un doble plano de reflexión: el que protagoniza su subjetividad y el que encarna en cada caso la génesis de su concreto quehacer pictórico. En sus trabajos plásticos, desarrolla con poético entusiasmo el mundo en derredor, la tiernísima geometría, el lírico revolar de una mariposa en la punta de una bandera o las manchas que lo mismo pueden parecer rostros, escaleras y flores, que el nocturno alfabeto que se asoma a una ventana por la que se proyecta la belleza de lo elemental como una sucesión de botones o el impoluto cuello de una camisa.

Attilio Manzi, en el que apreciamos rasgos del mejor Manolo Mompó, muestra una preocupación por la composición espacial, el equilibrio cromático y la construcción de un mundo de signos personales, manteniéndose en un gestualismo casi infantil dentro de la vitalidad mediterranista que no olvida sus raíces figurativas en una expresión abstracta.

Cuando nos ponemos delante de los cuadros de Attilio Manzi, vemos que se nutren de impresiones, sentimientos, anotaciones y juegos derivados de su entorno cotidiano en el que los grafismos y la reiteración de cuadrados nos hablan de una realidad interior, al tiempo que otra trata de huir de los límites que les impone el espacio del soporte.

Texto de Carlos García-Osuna